Jorge Barrientos
El arzobispo de Puebla, Víctor Sánchez Espinosa, alzó la voz este domingo desde la Catedral para condenar la guerra, la violencia y la indiferencia que carcome a naciones enteras. En su homilía, lamentó profundamente los conflictos que desgarran al Medio Oriente y la creciente ola de violencia que golpea a México, por lo que pidió oraciones urgentes por la paz y por los gobiernos que, en sus palabras, “propician estas guerras”.
“No podemos permanecer indiferentes mientras el dolor se multiplica”, advirtió el líder católico.
Elevó una oración especial por el sacerdote José Francisco Arias Mendoza, conocido como el “Padre Buscador”, quien fue secuestrado en Irapuato, y por Jorge Luis González, originario de Campeche. También clamó por los desaparecidos del país, por las madres y padres buscadores que recorren desiertos y fosas clandestinas, y por los migrantes que huyen de la violencia y el hambre.
“Ojalá fuéramos conscientes de nuestra vida bautizada, de vivir como hijos de la luz”, expresó el arzobispo, visiblemente conmovido ante los fieles reunidos en el templo mayor de Puebla.
Durante su mensaje, recordó que Jesús no fue solo un gran pensador, sino el Hijo de Dios, el Salvador, y exhortó a los creyentes a no perder el rumbo espiritual ante un mundo que, dijo, “a menudo se olvida de lo esencial”.
Sánchez Espinosa también compartió que ha comenzado a visitar comunidades para celebrar sus fiestas patronales, como las dedicadas a San Juan Bautista en Acatlán y Libres. “Son tiempos de renovar nuestra fe, de encontrar consuelo en nuestras tradiciones”, afirmó. Adelantó que se aproximan más celebraciones, como la de la Virgen de los Apóstoles, e hizo un llamado a “alimentar el alma” con la espiritualidad de estos encuentros comunitarios.
La misa dominical contó con la presencia de integrantes del Opus Dei, quienes acudieron en el marco de la festividad de San Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador de dicha prelatura, recordando su legado de entrega y fe profunda.
En tiempos de oscuridad, la palabra del arzobispo resonó como un eco de esperanza, pero también como un grito de alerta: el mundo necesita paz, y la paz comienza con cada uno.