Mucha ambición… poca cohesión

Por Manuel CARMONA

En política, el éxito suele ser el principio de la derrota. Morena vive en Puebla un momento que, en apariencia, es inmejorable: encabeza las preferencias, mantiene una marca poderosa y se beneficia del respaldo de una Presidencia de la República con altos niveles de aprobación. Pero, como ha ocurrido tantas veces en la historia política mexicana, esa misma fortaleza puede convertirse en su mayor debilidad.

El problema no está afuera. No hay, hoy por hoy, una oposición poblana que pueda presumir estructura, narrativa o liderazgo suficiente para arrebatarle el poder por méritos propios. El problema está dentro. Y crece.

Morena ha entrado en una fase que recuerda peligrosamente a la “perredización”: tribus, grupos, agendas personales y una competencia interna desbordada que sustituye al proyecto colectivo. La popularidad de la marca no ha generado orden, sino una estampida.

La lista de aspirantes a la Presidencia Municipal de Puebla no solo es larga; es sintomática. El alcalde Pepe Chedraui quiere reelegirse políticamente en el cargo; la maestra Laura Artemisa construye su propia ruta; el coordinador de Gabinete, José Luis García Parra, no esconde sus intenciones; la doctora Celina Peña Guzmán se ha sumado a la carrera; mientras que perfiles con historia en el movimiento como Rodrigo Abdala, Alejandro Carvajal y Claudia Rivera también reclaman su lugar. A ellos se agregan Olivia Salomón y ahora, partir de su reciente victoria en el ring, no tengan la menor duda de que tarde se les hará para subir a la contienda a Gabriela “La Bonita” Sánchez.

Todos en campaña. Todos convencidos. Todos compitiendo. Pero hay un detalle insalvable: solo hay una candidatura.

Ese es el punto de quiebre. Porque cuando la disputa interna se vuelve abierta, prolongada y sin arbitraje eficaz, deja heridas. Y esas heridas no siempre cierran a tiempo para una elección constitucional. 

Morena corre el riesgo de llegar a 2027 con un candidato o candidata, sí, pero con varios proyectos derrotados que no necesariamente se sumarán con disciplina.

La paradoja es evidente: mientras más fuerte se percibe Morena, más incentivos hay para pelear por la candidatura, y mientras más se pelea, más se debilita hacia afuera.

A este escenario se suma un elemento que no es menor. La figura presidencial, que ha sido el gran eje articulador del movimiento, enfrentará limitaciones para intervenir de manera directa en la contienda local. 

Sin ese factor de cohesión y arrastre operando a plenitud, Morena tendrá que resolver sus diferencias con sus propios mecanismos internos, y hasta ahora no ha demostrado que pueda hacerlo sin fracturas.

Así, la elección de 2027 en Puebla podría no definirse por el crecimiento de la oposición, sino por la implosión del partido gobernante. Morena no perdería por falta de votos potenciales, sino por incapacidad de administrarlos políticamente.

La historia es clara: los partidos no suelen ser derrotados cuando son débiles, sino cuando, sintiéndose invencibles, dejan de cuidar lo esencial. Morena, en Puebla, parece avanzar justo en esa dirección. Mucha fuerza en las encuestas, pero cada vez menos cohesión en la realidad.

Y en política, cuando la unidad se rompe, la derrota deja de ser una posibilidad para convertirse en destino.

* El autor es abogado, escritor y analista político

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