
La obsesión con los primeros 100 días de un gobernante es una mezcla de simbolismo, expectativa y, en muchas ocasiones, ansiedad colectiva. Para algunos, este periodo funciona como el tráiler de una película: no revela toda la historia, pero ofrece pistas del tono, el ritmo y los protagonistas. En otras palabras, es una promesa —y también una advertencia— sobre lo que está por venir.
¿Recuerdan los primeros cien días de Rafael Moreno Valle? ¿O los de Miguel Barbosa? Ahí se reveló su estilo autoritario, su política de persecución, por ejemplo. Esos cien días marcaron el derrotero de su gobierno. Porque a diferencia de los dos citados, en el caso de Sergio Salomón Céspedes, sí hubo un giro. El rumbo cambió. Se abrió la puerta a todos.
El mito de los 100 días no es una moda reciente ni una ocurrencia de las redes sociales. Tiene raíces profundas en la historia política de Estados Unidos. En 1933, Franklin D. Roosevelt asumió la presidencia en plena Gran Depresión. En poco más de tres meses, impulsó una avalancha de reformas y leyes que cimentaron el New Deal y redefinieron la política económica y social del país.
Ese arranque fulminante convirtió los “primeros 100 días” en una medida simbólica para todo líder que llega al poder. Desde entonces, medios, analistas y gobiernos han adoptado esa frontera como un punto de evaluación anticipada. Como si se tratara de los primeros capítulos de una novela: si no atrapan, se pierde al lector.
Más allá del simbolismo, este periodo tiene implicaciones reales. Los primeros nombramientos, decretos y decisiones funcionan como el primer acorde de una sinfonía. Revelan si hay claridad de rumbo o pura improvisación. Si se apostará por la continuidad o por la ruptura. Si habrá cacería de brujas o diálogo y apertura.
En esos días, el capital político está en su punto más alto. La famosa «luna de miel» con el electorado —y, en algunos casos, con los otros dos poderes del Estado— permite mover piezas, empujar reformas, tomar decisiones que más adelante podrían encontrar resistencias.
Y claro, el simbolismo mediático pesa. En la lógica del ciclo noticioso, los números redondos son irresistibles. “Cien días” suena decisivo. “Noventa y siete”, no tanto.
La expectativa ciudadana también se cuela en el análisis. La gente quiere ver resultados, o al menos señales claras. No quiere mandatarios atrapados en la liturgia del poder mientras las crisis les respiran en la nuca.
Pero no hay que engañarse: los primeros cien días no garantizan éxito ni sellan el fracaso. Hay presidentes, gobernadores y alcaldes que comienzan con fuerza y terminan en descrédito… y viceversa.
Ahora bien, con base en lo anterior: ¿cómo pinta el arranque de Alejandro Armenta Mier en Puebla?
De entrada, ha estructurado su gobierno en torno a cuatro ejes: seguridad, justicia, riqueza comunitaria y colaboración interinstitucional. Hasta ahora, no ha habido señales de persecución, censura ni bloqueos a la prensa. A diferencia de otros tiempos, no se han mandado auditorías a periodistas incómodos, como se llegó a contar en la era Barbosa.
Tampoco hay una oposición real, más bien una oposición dócil, que se fue entregando con rapidez.
Armenta ha mostrado cercanía con las cámaras empresariales y respaldo a figuras clave como la rectora de la BUAP, Lilia Cedillo Ramírez. Lo reafirmó públicamente en el auditorio de La Reforma. Tampoco ha habido choques con el alcalde de la capital, José Chedraui Budib. Al contrario, en el tema de seguridad han mostrado trabajo coordinado. Nada que ver con el ambiente hostil que generó Barbosa contra Claudia Rivera.
Con estos gestos, con estos planes y con estas primeras pinceladas, se va perfilando el estilo de gobierno de Armenta.
El retrato todavía no está terminado. Pero ya hay trazos suficientes para que cada quien saque sus conclusiones.