* Cuando las independencias son patrocinadas
Por Manuel CARMONA
En los discursos oficiales, la soberanía se pinta como un escudo impenetrable, un tótem que garantiza independencia y dignidad nacional. En la realidad, es más bien un unicornio: siempre se ha hablado de él, pero nadie lo ha visto.
La historia lo demuestra con una pavorosa sutileza. México pudo “independizarse” porque Napoleón Bonaparte decidió disponer de las sillas imperiales en Europa y sentó a su hermano José en el trono español. España quedó en estado de coma político, y los criollos en la Nueva España aprovecharon la oportunidad para disfrazar de épica lo que fue, en esencia, simple y llanamente un movimiento oportunista.
Las trece colonias de Estados Unidos tampoco se emanciparon por obra y gracia de su propio músculo. Francia, con el único objetivo de fastidiar a Inglaterra, abrió la cartera y financió la rebelión. La independencia norteamericana no fue un parto heroico sino una calculada jugada de AJEDREZ GEOPOLÍTICO.
El caso mexicano se repite en el siglo XX: Porfirio Díaz no cayó por la fuerza exclusiva de los revolucionarios, sino porque Estados Unidos decidió que ya era hora de cambiar de dictador. El dinero fluye, las armas se mueven, y de pronto la “voluntad popular” se convierte en revolución triunfante.
Las grandes transformaciones sociales del planeta han respondido siempre a los intereses de las potencias militares y económicas. La Revolución Rusa, la caída del Muro de Berlín, las guerras de independencia africanas: todas tienen detrás un padrino internacional, un financista oculto, un titiritero que mueve los hilos.
El concepto de soberanía, tan romántico como un bolero de Agustín Lara, es en realidad un decorado. Los países pequeños, las economías emergentes, México incluido, han navegado siempre al ritmo de la marea internacional. La geopolítica dicta, los gobiernos obedecen, y LOS PUEBLOS SE CONSUELAN con la ILUSIÓN DE QUE DECIDEN SU DESTINO.
La conclusión es incómoda pero inevitable: ningún país del mundo es completamente soberano. La historia, NO LA ESCRIBEN LOS PUEBLOS EN LIBERTAD, sino LAS POTENCIAS que deciden cuándo conviene abrir la puerta de la independencia y cuándo cerrarla con candado. La soberanía es un mito útil, un relato que legitima gobiernos y revoluciones, pero en el tablero global, LOS PEONES NUNCA SE MUEVEN SOLOS.
