La polémica actuación de la Fiscalía en el caso Romero

 En política, las coincidencias sostenidas en el tiempo dejan de ser casualidad. Se convierten en patrón. La reciente actuación de la Fiscalía de Puebla en la detención de Estela Romero Bringas, una mujer de más de 85 años, no solo generó impacto por el hecho, sino por la arquitectura del operativo: Ejército, Marina, Fiscalía y seguridad pública desplegados para ejecutar una acción que, en términos estrictamente jurídicos, difícilmente exige ese nivel de fuerza. Eso no es rutina. Es una decisión. Y toda decisión de ese calibre tiene responsables.

En ese punto convergen dos nombres: Idamis Pastor y Olga Romero Garci Crespo. La primera con control sobre la acción penal; la segunda con un interés político directo en el trasfondo del conflicto. El caso no es nuevo. 

La disputa por la herencia de Socorro Romero lleva años en los tribunales. Lo que sí es nuevo es el momento en que se reactiva: justo cuando se abre un frente adicional entre Miguel Ángel Celis Romero, “El Animal”, y Alfonso Celis Enecoiz. No es un dato menor. Es un reacomodo que genera vacío y, por tanto, oportunidad.

A ese contexto se suma un elemento que eleva el nivel de preocupación y exposición pública del caso. Se tiene conocimiento de que, desde el momento de su detención, Estela Romero presentó una crisis nerviosa que ha impactado de forma directa su estabilidad emocional. 

Durante la audiencia, su condición física evidenció un deterioro significativo, con niveles de oxigenación por debajo de parámetros médicamente aceptables; aun así, fue sometida a un entorno procesal que, por su edad y condición, roza los límites de lo humanamente admisible. 

Fue necesaria la intervención del juez de control Francisco Javier Orozco Treviño para hacer pausas, acotar la audiencia y permitir que continuara su proceso en su domicilio. Sin esa contención judicial, el escenario puede escalar a una crisis mayor dentro de los propios espacios del Poder Judicial.

Este punto no es menor en términos de narrativa pública. En Tehuacán, la percepción es clara: desde su retorno a casa, la salud de la señora Estela se ha visto comprometida y existe un sentimiento generalizado de preocupación sobre su evolución. Cuando una actuación institucional deriva en ese nivel de afectación, la discusión deja de ser exclusivamente jurídica y se traslada al terreno de responsabilidad política y humana. La línea entre aplicación de la ley y exceso en el ejercicio del poder se vuelve inevitablemente delgada.

La intervención de la Fiscalía, en ese contexto, no ocurre en el vacío. Se inserta en un entorno donde la dirigencia estatal de Morena ha sido señalada por su interés en el desenlace de una herencia valuada en aproximadamente 600 millones de dólares. 

La narrativa de la casualidad pierde fuerza frente a la acumulación de hechos. Cuando una decisión jurídica tiene implicaciones políticas evidentes y además genera consecuencias humanas de alto impacto, lo que emerge no es certeza institucional, sino una sospecha razonable de alineación.

Ahí radica el punto crítico. Si la Fiscalía actuó bajo criterios estrictamente legales, deberá sostenerlo con un expediente técnicamente sólido y un actuar proporcional. Pero si en la etapa de investigación el caso se debilita, la narrativa cambiará de forma inevitable: de aplicación de la ley a uso del poder. 

En ese escenario, la coincidencia entre Fiscalía y dirigencia política dejará de ser una percepción y se convertirá en un costo compartido. Porque cuando las decisiones públicas no resisten el paso del tiempo ni el escrutinio, lo que hoy se presenta como control institucional termina, inevitablemente, convertido en evidencia.

El reloj y sus manecillas avanzan, tic, tac, tic, tac.

riva_leo@hotmail.com

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