
Arturo Manzano Nieto
@artuman
La tecnología prometió hacernos la vida más sencilla, pero nunca nos advirtió que también la haría más breve. No la vida humana, claro está, sino la de los objetos que nos acompañan cotidianamente.
Amazon acaba de anunciar el fin del soporte para los dispositivos Kindle anteriores a 2012, lo cual trae nuevamente a la discusión pública un tema incómodo para la industria digital: la obsolescencia programada.
A partir del próximo 20 de mayo, estas interfaces perderán acceso a la tienda Kindle. En términos prácticos, seguirán encendiendo, mostrando texto en pantalla y conservando su capacidad física de lectura, pero quedarán desconectados del ecosistema que les da sentido en el presente: la compra, préstamo y descarga de nuevos libros.
Es decir, funcionarán hasta que dejen de funcionar.
Ahí, la gran paradoja de nuestros tiempos. Antes, los aparatos electrónicos duraban hasta que aguantaban; hoy, mueren por decisión corporativa. No es el hardware el que falla, sino el software, la compatibilidad o, más aún, la voluntad empresarial de seguir sosteniéndolos.
En este caso, Amazon argumenta que algunos de estos modelos han recibido soporte hasta por 18 años. Desde la lógica empresarial, el plazo parece razonable. Sin embargo, desde la mirada crítica del consumo tecnológico, la pregunta no es cuánto duró el soporte, sino por qué un equipo plenamente funcional debe ser desplazado por una fecha límite.
El problema no es único de esta compañía. Lo hemos visto con termostatos inteligentes, telefonía celular, televisores y computadoras que dejan de recibir actualizaciones. La obsolescencia ya no necesita tornillos frágiles ni baterías selladas; hoy se ejecuta desde servidores remotos, mediante correos electrónicos que anuncian el fin de una era.
El costo no solo lo paga el consumidor, también el planeta. Según el reporte del Observatorio Internacional Sobre Residuos Electrónicos 2024, México genera mil 500 millones de kilos de basura electrónica al año.
El verdadero debate no es tecnológico, sino ético: ¿quién decide cuándo termina la vida útil de un objeto que sigue funcionando?