Por Alejandro Carvajal
El futuro del T-MEC no dependerá de una prórroga de 16 años ni de una revisión técnica entre los tres gobiernos. Esa discusión, aunque importante, es apenas la superficie. Lo que realmente está cambiando es la función misma del tratado.
Durante mucho tiempo pensamos al T-MEC como un instrumento para facilitar el comercio. Y lo fue. Permitió integrar cadenas productivas, multiplicó el intercambio de bienes y convirtió a América del Norte en una de las regiones económicas más dinámicas del mundo. Pero ese tiempo quedó atrás.
Hoy el tratado responde a una lógica distinta.
La globalización, entendida como la búsqueda permanente de eficiencia y menores costos, dejó de ser la prioridad. La guerra en Ucrania, la pandemia y la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China modificaron las reglas del juego. La seguridad desplazó al libre comercio como eje de la política económica internacional.
Es desde esa perspectiva que debe leerse la revisión del T-MEC.
Washington ya no busca únicamente vender más o importar más barato. Busca reducir riesgos, proteger industrias estratégicas, asegurar el suministro de minerales críticos, fortalecer su base manufacturera y evitar que sectores considerados sensibles dependan de competidores geopolíticos.
Por eso las conversaciones ya no se concentran únicamente en aranceles. Hoy aparecen con fuerza las reglas de origen, el contenido regional, los semiconductores, la inteligencia artificial, la inversión china, la energía, la migración, el combate al fentanilo y la seguridad fronteriza. Temas que parecen distintos, pero que forman parte de una misma estrategia.
El verdadero telón de fondo de esta revisión no está en la relación entre México, Estados Unidos y Canadá.
Está en la competencia entre Washington y Pekín.
En ese contexto, el T-MEC dejó de ser solamente un tratado comercial. Se ha convertido en una herramienta para reorganizar la producción en América del Norte y reducir la dependencia de Asia. El paso del offshoring al nearshoring, y del just in time al just in case, no son simples conceptos empresariales; reflejan un cambio profundo en la manera en que las grandes potencias entienden la economía.
La producción ya no se instala únicamente donde cuesta menos. Se instala donde ofrece mayor estabilidad, mayor confianza y menor vulnerabilidad estratégica.
México ocupa una posición privilegiada en esa nueva arquitectura. Su cercanía con Estados Unidos, su capacidad industrial y la integración alcanzada durante tres décadas le otorgan ventajas que pocos países poseen. Pero esas ventajas también implican nuevas responsabilidades y mayores presiones.
Las exigencias que enfrentará el país ya no serán exclusivamente comerciales. Alcanzarán la política energética, la seguridad, la relación con China, la infraestructura, las cadenas de suministro y la capacidad para ofrecer certeza jurídica a las inversiones.
Por eso el debate no debería centrarse únicamente en si el T-MEC se renueva o no. Todo indica que el tratado seguirá vigente porque existen mecanismos para ello. La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿qué clase de tratado será en los próximos años?
La respuesta parece cada vez más clara. El T-MEC seguirá siendo un acuerdo comercial, pero dejará de estar definido únicamente por el comercio. Su evolución refleja el tránsito hacia un mundo donde la economía y la geopolítica vuelven a caminar de la mano. Entender ese cambio será indispensable para que México deje de reaccionar a los acontecimientos y empiece a construir una estrategia propia dentro del nuevo orden internacional.
