Por Manuel CARMONA
La presidenta Claudia Sheinbaum ha decidido desempolvar el viejo manual del nacionalismo retórico: invocar la soberanía como si fuera un escudo antibalas, capaz de detener drones, portaaviones y satélites. La escena sería conmovedora si no fuera peligrosamente absurda. Desde Palacio Nacional se vocifera INNECESARIAMENTE todos los días, que a “México se le respeta”, como si en Washington alguien estuviera esperando permiso protocolario para actuar, cuando sus intereses de seguridad sienten que se ven afectados.
La historia debería bastar para moderar el entusiasmo patriótico. Estados Unidos no ha necesitado jamás autorización moral para intervenir en México. Ahí están la invasión de 1847, la ocupación de Veracruz en 1914, la expedición punitiva contra Villa en 1916 y una larga colección de incursiones, presiones y operaciones encubiertas que demuestran que, para las potencias, la soberanía ajena suele ser un concepto ornamental. Un adorno diplomático que se coloca en los discursos y se retira cada vez que estorba.
Por eso, sorprende la ligereza con la que el gobierno mexicano juega a la confrontación verbal. Porque una cosa es defender la dignidad nacional y otra muy distinta practicar el karaoke patriótico, frente a un vecino armado hasta los dientes. Siendo REALISTAS, México no está en condiciones militares, tecnológicas ni económicas de entrar a un choque frontal con Estados Unidos. No lo estaba hace cien años y mucho menos ahora, cuando el poder militar estadounidense puede destruir objetivos, a miles de kilómetros, sin despeinarse un solo pelo.
Sin embargo, desde la comodidad del micrófono presidencial, se alimenta una narrativa de resistencia épica, como si bastara citar a Juárez y ondear la bandera como Juan Escutia, para disuadir al Pentágono. El problema es que los discursos inflamados producen aplausos domésticos, pero también elevan las tensiones innecesariamente, con un gobierno que históricamente, la única diplomacia que conoce es la ley del más fuerte.
La pregunta elemental es: ¿qué gana México retando verbalmente, a quien no puede enfrentar? Porque la política exterior no es concurso de consignas. Gobernar no consiste en fabricar ovaciones en la mañanera, sino en evitar crisis que nos puedan llevar a una colisión, que pueda costar vidas, inversiones y estabilidad social y económica.
En una relación tan brutalmente asimétrica, la inteligencia aconseja negociar, contener, administrar conflictos y si es posible, darle al abusivo vecino lo que pide, unos cuantos políticos de Morena que tienen investigaciones pendientes en Estados Unidos y no poner en riesgo al país entero. Negarse equivale a provocar al elefante, desde la bicicleta. Pero en estos tiempos, parecería que algunos todavía creen que la soberanía funciona como muralla medieval. Lástima que la historia demuestre exactamente TODO LO CONTRARIO.
