El espejo del pasado y el pragmatismo presente

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Por: Humberto Aguilar Coronado*

Para la vieja izquierda, la fe era el «opio de los pueblos» y la jerarquía católica, el enemigo histórico a vencer.

Durante décadas, el manual del progresismo exigía señalar con fuego a los gobiernos del Partido Acción Nacional (PAN) por su cercanía con la Iglesia. Se acusaba a la derecha de gobernar con el catecismo bajo el brazo y ante cualquier tropiezo moral, la sentencia era fulminante: «doble moral».

Pero el tiempo pasa, el poder cambia de manos y el pragmatismo purga los dogmas.

El pasado fin de semana en el Seminario Palafoxiano, durante la celebración por los 50 años de ministerio sacerdotal del arzobispo de Puebla, Don Víctor Sánchez Espinosa, no solo congregaron a la fe, sino que provocaron una asistencia masiva de la nueva clase política de Morena.

Ahí estuvieron todos: desde el alcalde Pepe Chedraui y la plana mayor del Congreso local, hasta integrantes del gabinete estatal, incluyendo el espaldarazo del gobernador Alejandro Armenta en los festejos privados.

Hubo más camisas guindas en primera fila que militantes del PAN y del PRI juntos.

Lo que antes la izquierda criticaba como «injerencia clerical», hoy la militancia de la 4T lo exhibe orgullosamente como «cercanía y sensibilidad social».

Para entender el tamaño de la metamorfosis política, vale la pena contrastar cómo se mide la moralidad pública bajo el cristal del poder:

El pecado de la «Derecha» de ayer, el PAN, era que alguno de sus militantes o funcionarios gubernamentales fuera sorprendido al asistir a centros de diversión, en infidelidades o en escándalos de vestimenta, como el caso de un funcionario del ayuntamiento de León, Guanajuato, para que la reacción social, motivada por la crítica feroz, se convirtiera en linchamiento mediático y acusaciones de mojigatería y doble moral, al tiempo que se les acusaba de tener un pacto oscuro y violatorio del estado laico.

En cambio, la “izquierda” de hoy, exhibe funcionarios, legisladores y operadores políticos, en un evento evidentemente católico, buscando la foto, la absolución pública y la confianza ciudadana, promoviendo el discurso de “paz, unidad y respeto institucional”.

Lo verdaderamente importante no es quién llegó a la foto, sino quién escuchó el sermón.

En su homilía, Don Víctor Sánchez lanzó un mensaje que caló hondo en la realidad que padecemos:

«Fortalecer la esperanza, la unidad social y la construcción de la paz, ante una sociedad que enfrenta desafíos marcados por la polarización, la pérdida de valores y las amenazas a la dignidad humana.»

El arzobispo convocó abiertamente a los poblanos a superar las divisiones mediante el diálogo y la reconciliación. Habrá que esperar respuestas a ese llamado.

¿Están realmente el gobierno estatal y el municipal en Puebla dispuestos a hacer eco de este llamado? ¿Está el diálogo y la reconciliación en la agenda de la 4T poblana, cuando a nivel federal la dirección marcada es exactamente la contraria?

En el plano nacional está sumamente claro que la prioridad no es reconciliar, sino profundizar la división; no es dialogar, sino imponer y descalificar al que piensa diferente.

Gobernar y legislar con la dignidad, la justicia y la búsqueda de paz que el arzobispo propone es una historia completamente distinta.

*Es politólogo

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