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* Repartir apoyos no garantiza votos

Por Manuel CARMONA

En la política mexicana abundan los funcionarios que confunden el presupuesto con el carisma. Creen que repartir apoyos sociales equivale a construir liderazgo y que aparecer en la boleta es una consecuencia natural del cargo. Pero no. La realidad suele ser más cruel que el aplauso de los eventos oficiales: los cargos públicos no garantizan candidaturas.

Solo a manera de ejemplo, pensemos en la vieja figura de los “superdelegados” del gobierno federal, parecía diseñada para fabricar candidatos. Manejaban una estructura, recursos, exposición mediática y contacto directo con miles de beneficiarios de programas sociales. Eran, en teoría, CANDIDATOS CAMINANDO. Sin embargo, la realidad fue un baño de agua helada para muchos egos.

Solo tres lograron cruzar el puente hacia una gubernatura: Lorena Cuéllar, Indira Vizcaíno y Jaime Bonilla. De 32 casos posibles, apenas el 10 por ciento se convirtió en historia de éxito electoral. Los otros 29 descubrieron que administrar programas sociales no necesariamente produce en automático votos propios.

¿Por qué unos sí y la mayoría no? Porque una candidatura competitiva depende de variables más complejas que el simple nombramiento.

La primera es el respaldo político de alto nivel. En México nadie llega solo. Las candidaturas importantes se construyen desde acuerdos, grupos de poder y bendiciones estratégicas. La lealtad ayuda, pero no sustituye las alianzas.

La segunda es el financiamiento. Las campañas cuestan. Y cuestan mucho. El romanticismo político dura exactamente hasta que llegan las facturas de movilización, operación territorial y propaganda.

La tercera variable es el posicionamiento. No basta con que la gente te conozca; necesitas identificarte como una opción viable de poder. Hay funcionarios muy visibles que jamás logran convertirse en referentes políticos. Salen en todas las fotos, pero no viven en la conversación pública.

Y finalmente está el contenido discursivo, el gran vacío de muchos aspirantes. ¿Qué quieren? ¿Por qué lo quieren? ¿Qué piensan hacer para lograrlo? La política mexicana está llena de personajes que saben inaugurar banquetas, pero no articular una idea.

Los superdelegados derrotados comprobaron que repartir beneficios no genera automáticamente liderazgo. Muchos confundieron gratitud con capital político. Otros creyeron que la cercanía burocrática con el poder equivalía a tener base social propia. Error de principiantes.

Porque en política el escritorio presta poder, pero no siempre lo hereda. Y cuando el cargo termina, también se acaba el espejismo.

* El autor es abogado, escritor y analista político.

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