Por Manuel CARMONA
El gobernador de Puebla, Alejandro Armenta Mier, iniciará el próximo miércoles un programa de radio en vivo. En el papel, la idea parece impecable: un mandatario cercano, accesible, dispuesto a escuchar de primera mano las preocupaciones ciudadanas. Un político que abandona la fría liturgia del boletín oficial, para entrar al terreno de la conversación directa. La narrativa es atractiva, pero el riesgo es enorme.
La política moderna ha convertido la comunicación en una obsesión. Gobernar ya no es suficiente: hay que aparecer a cuadro gobernando. Y en esa lógica, muchos mandatarios terminan confundiendo cercanía con exposición permanente. Son cosas distintas.
Un micrófono abierto puede humanizar a un gobernante, pero también desnudarlo. La radio en vivo no concede treguas. Ahí no existe la comodidad de la edición, ni la protección de los filtros institucionales. Lo espontáneo suele ser más auténtico, sí, pero también es más peligroso.
Porque la realidad tiene una característica incómoda: nunca cabe en un guion.
Lo que probablemente comenzará como un ejercicio de empatía, podría derivar rápidamente en una ventanilla pública de reclamos. Seguridad, transporte, corrupción municipal, hospitales sin medicamentos, carreteras abandonadas, extorsiones, conflictos agrarios. Cada llamada no atendida, o cada promesa imposible de cumplir, puede transformarse en frustración amplificada. Y la frustración ciudadana, cuando encuentra micrófono, se vuelve contagiosa.
La paradoja es simple: mientras más promete escuchar un gobernante, mayor será el costo político de no resolver.
En México, además, existe un elemento adicional. La ciudadanía suele interpretar la presencia permanente del gobernante como sustituto de resultados. Durante un tiempo funciona. Después aparece el cansancio. El exceso de exposición erosiona la investidura. El político deja de parecer jefe de Estado, para convertirse en conductor de un programa de atención a clientes.
Y ahí comienza el desgaste.
Alejandro Armenta Mier parece apostar por un modelo de comunicación emocional: cercanía, sensibilidad y contacto directo. Nada ilegítimo en ello. El problema es que gobernar un estado no es solamente escuchar; es administrar expectativas. Y pocas cosas son más difíciles de administrar que una expectativa creada en vivo frente a miles de personas.
Quizá el gobernador descubra pronto que en política el silencio estratégico suele ser más rentable que la omnipresencia mediática. Porque un micrófono abierto no sólo acerca al poder con la gente. También…acerca la inconformidad al poder.
