México se abraza a un sueño; el Azteca empuja y la ilusión sigue viva

Jaime Torreblanca Flores

La noche volvió a pertenecerle al futbol. Y, por unas horas, también a un país entero que decidió guardar sus preocupaciones para abrazarse a una ilusión que desde hace décadas persigue sin alcanzarla. México volvió a creer.

Las tribunas del Estadio Azteca se convirtieron en un solo latido. Miles de gargantas empujaron cada balón como si el grito pudiera modificar el destino. Afuera, en plazas, restaurantes y salas de todo el país, millones siguieron el mismo ritual: contener la respiración, apretar los puños y esperar que esta vez la historia eligiera un camino distinto.

La Selección Mexicana respondió al llamado.

Con autoridad y personalidad, el equipo dirigido por Javier Aguirre derrotó a Ecuador para instalarse en los octavos de final de la Copa del Mundo y prolongar la fiesta nacional, al menos, hasta el próximo domingo 5 de julio.

Quizá la mayor victoria de la noche no fue únicamente el marcador. Fue la reconciliación entre un equipo y una afición que volvió a sentirse representada. México ganó en el césped, pero también en las tribunas y en las calles, donde la esperanza volvió a colgarse de cada bandera tricolor.

Aguirre entendió que las grandes citas no admiten improvisaciones. Apostó por una formación equilibrada, con Erik Lira y Luis Romo sosteniendo el mediocampo, mientras el talento fresco de Gilberto Mora aportó imaginación y vértigo para abrir espacios en una defensa ecuatoriana que resistió durante largos pasajes del encuentro.

Al frente, el técnico mantuvo intacto su tridente de confianza. Julián Quiñones volvió a demostrar por qué atraviesa uno de los mejores momentos de su carrera, mientras Raúl Jiménez confirmó que la experiencia también sabe aparecer cuando los escenarios pesan más. Ambos fueron los responsables de encender la celebración con los goles que terminaron inclinando la balanza a favor del conjunto mexicano.

Cada anotación fue una descarga de euforia. El Azteca rugió como en sus mejores noches mundialistas, recordando aquellas jornadas que forman parte de la memoria colectiva del futbol mexicano. Durante noventa minutos, el estadio volvió a sentirse como ese jugador número doce del que tanto se habla y que pocas veces pesa tanto como en una Copa del Mundo.

La clasificación alimenta una pregunta que comienza a repetirse entre aficionados y especialistas: ¿será ésta la generación capaz de romper el techo histórico del futbol mexicano?

Por ahora nadie tiene la respuesta. Lo único cierto es que México sigue de pie, el sueño permanece intacto y la ilusión ha encontrado nuevos argumentos para sobrevivir.

Porque en los Mundiales también se juega con emociones. Y esta selección, por lo menos una noche más, logró que un país entero creyera que lo imposible puede estar un poco más cerca.

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