
La eventual salida de Olga Romero no resolverá los problemas de Morena Puebla. Apenas abrirá la discusión sobre quién se queda con la dirigencia y quién tendrá que responder por lo que ella entrega.
Porque una cosa es desocupar la oficina y otra dejar un partido organizado.
Si Olga concreta su aspiración por Tehuacán, cambiará la comodidad del cargo por un examen bastante menos complaciente: demostrar qué ha hecho, con quién cuenta y por qué merece gobernar un municipio.
Ahí el membrete de la presidenta estatal ya no contestará por ella.
Tendrá que competir con otros perfiles y acreditar trabajo propio. Las fotografías acumuladas no se convierten automáticamente en estructura, y los años en la política tampoco equivalen a resultados.
Para una dirigente de papel, salir del marco institucional puede ser una experiencia bastante incómoda.
Pero el verdadero conflicto podría quedarse en la sede partidista.
Antes de repartir la presidencia, Morena tendría que exigir un balance: organización territorial, funcionamiento del comité, recursos, pendientes y condiciones de competencia interna. Una entrega que permita distinguir qué existe, qué funciona y qué solamente apareció en los discursos.
La despedida de Olga no debería servir para archivar su gestión sin revisarla.
Después vendrá la disputa por el relevo. Ya sea mediante una solución provisional o una renovación por los órganos partidistas, el mecanismo tendrá consecuencias políticas: quién propone, quién negocia y quién puede impedir que un grupo se quede con todo.
El procedimiento importa. También importa el acuerdo que se intente construir alrededor del nombre.
Y ahí aparece Pablo Salazar.
Su presencia en la operación y comunicación del partido no equivale a un nombramiento para suceder a Olga. Hablar como dirigente, moverse como dirigente y acostumbrarse a ocupar espacio pueden ayudar a construir una aspiración.
No hacen que el cargo sea suyo.
En política también existen los encargados del despacho imaginario.
Pablo, además, enfrenta señalamientos periodísticos sobre presunta venta de candidaturas en procesos anteriores. Son acusaciones que no deben confundirse con hechos acreditados. Olga lo defendió públicamente y sostuvo que carecían de pruebas.
Pero esa defensa tampoco cancela el escrutinio que correspondería a quien aspire a conducir el próximo reparto de candidaturas.
Si quiere encabezar el partido, tendría que ofrecer algo más convincente que la confianza de la dirigente saliente.
La bendición de Olga puede ser afectuosa. Como certificado de buena conducción partidista, tendría que pasar primero por una evaluación de la propia Olga.
Agustín Guerrero es otro nombre que merece examinarse. Su trayectoria y sus relaciones pueden servirle para participar en la discusión. Lo que tendría que demostrar es capacidad para convertirlas en conducción efectiva en Puebla.
Conocer la historia de la izquierda no resuelve, por sí solo, los conflictos del siguiente proceso electoral.
El currículum puede abrir una reunión. Para ordenar un partido hace falta que alguien atienda lo que se acuerde dentro de ella.
Y los demás integrantes del comité tampoco deberían darse por descartados ni por merecedores del puesto. Les tocaría explicar su trabajo, su interlocución y su capacidad para construir acuerdos.
Salir en la foto de equipo no acredita que se pueda dirigirlo.
El problema de una dirigencia débil es que suele dejar una sucesión igualmente pobre: demasiada gente cerca de la silla y pocas razones públicas para entregársela.
En cualquier escenario, el CEN encabezado por Ariadna Montiel será un actor central. Sería un error dar por hecho que una preferencia local, un respaldo gubernamental o una promesa entre compañeros resuelve de antemano la sucesión.
No puede afirmarse, sin evidencia, a quién quiere Montiel ni qué agravios personales determinarían su decisión. Sí puede analizarse el incentivo político: para la conducción nacional, un relevo que nazca comprometido exclusivamente con un grupo local representaría un problema de interlocución y control.
Por eso, la cercanía con Samuel Aguilar Pala o con cualquier otro actor del gobierno, si se utiliza como argumento para impulsar un nombre, también tendría que examinarse desde la autonomía partidista.
Morena necesita una dirigencia capaz de relacionarse con el gobierno. Convertirse en una extensión de sus oficinas es otra cosa.
Olga puede tener preferencias. Pablo puede tener aspiraciones. Guerrero puede tener relaciones.
Ninguno debería confundirlas con una decisión tomada.
Lo que viene para Morena Puebla será una disputa por la conducción del proceso electoral, por la interlocución con los aspirantes y por el peso de cada grupo en las decisiones.
La salida de Olga podría abrir una oportunidad para corregir. También podría terminar en una simple sustitución de nombres, con los mismos vacíos y nuevas ambiciones.
Ese será el verdadero examen del relevo.
Porque cambiar a una dirigente de papel por alguien que ya se siente dueño de la papelería no sería precisamente una renovación.
Señalan a “Los Zúñiga” por obstaculizar operativos. En Puebla, el desmantelamiento de grupos delincuenciales es una tarea esencial. En Esperanza operan grupos delictivos, como «Los Zúñiga”; estos grupos delincuenciales provocan con halcones y obstruyen el trabajo de las fuerzas de seguridad. Para ello, «Los Zúñiga» manipulan a la ciudadanía y la confrontan con las autoridades.
Su propósito es frenar los operativos de las autoridades que han desarticulado sus estructuras y actividades delictivas, tales como el desmantelamiento de vehículos robados.
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