Ni a cuál irle

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Por Manuel CARMONA

Los poblanos estamos fritos. Y eso que aún no ha empezado formalmente la contienda electoral.

La lista de aspirantes de Morena a la Presidencia Municipal de Puebla es extensa. Nombres sobran. Lo que escasea son las opciones que inspiren confianza. Porque una cosa es levantar la mano para buscar una candidatura y otra muy distinta tener la capacidad para gobernar una ciudad que se ha convertido en una auténtica megalópolis.

Por ahora, los reflectores apuntan hacia dos principales perfiles: Pepe Chedraui y Gaby “La Bonita” Sánchez. Dos historias diferentes. Un mismo signo de interrogación.

Chedraui llegó con credenciales de empresario exitoso. Se suponía que sabría administrar, tomar decisiones y entregar resultados. Sin embargo, su gestión ha sido cuestionada por una ciudadanía que sigue esperando que muchos de los anuncios oficiales se traduzcan en mejoras tangibles.

El alcalde anuncia. Promete. Presenta proyectos. Convoca a conferencias. Y mientras el discurso municipal se llena de verbos en futuro, los poblanos quieren ver resultados en presente.

Porque gobernar no es anunciar lo que se hará mañana. Es demostrar lo que se resolvió ayer.

Pero el edil quiere reelegirse. Al parecer, considera que otros tres años pueden ser la respuesta a las preguntas que su primer periodo todavía no termina de contestar. La lógica es peculiar: si faltan resultados, quizá lo que haga falta sea más tiempo. Una teoría administrativa digna de estudio.

Del otro lado aparece Gaby “La Bonita” Sánchez, figura deportiva que ha ganado notoriedad pública y cuyos promotores buscan posicionarla como una mujer cercana al pueblo, surgida de abajo y capaz de representar a los sectores populares.

Su historia personal puede ser meritoria. Su trayectoria deportiva, respetable. Pero ninguna de las dos constituye, por sí misma, una certificación en administración pública.

Ser del pueblo no garantiza saber gobernar. Venir de abajo tampoco sustituye la experiencia para manejar presupuestos, coordinar corporaciones de seguridad, resolver problemas de movilidad o planear el crecimiento urbano.

Puebla no es un cuadrilátero. Aquí los problemas no se resuelven con campanadas ni con golpes al aire. Se necesita conocimiento técnico, capacidad política y un equipo que sepa convertir las decisiones en resultados.

Y ése es precisamente el problema: entre un empresario cuestionado por el desempeño de su gobierno y una figura deportiva sin experiencia administrativa comparable, el electorado podría terminar ante una disyuntiva poco estimulante.

Porque elegir alcalde no debería ser un concurso de popularidad ni una prolongación de la carrera empresarial o deportiva de nadie.

Si éstas son las cartas fuertes, Puebla no necesita echarse a la suerte. Necesita que alguien demuestre, antes de pedir el voto, que sabe jugar la partida.

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