Algo no está bien

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Por Manuel CARMONA

Cuando un gobierno comienza a ver conspiradores por todas partes, suele ocurrir una de dos cosas: o realmente enfrenta una operación coordinada de desestabilización, o está dejando de escuchar las señales que provienen de la realidad.

La presidenta Claudia Sheinbaum ha sugerido que existe un acuerdo de intereses entre sectores de la ultraderecha, la derecha internacional, e incluso grupos ultra radicales de izquierda, para generar un clima de inestabilidad en el país. Es una hipótesis políticamente útil, pero también extraordinariamente conveniente.

Porque cuando la explicación de todos los problemas se encuentra afuera, desaparece la obligación de mirar hacia adentro.

Si durante eventos de alta visibilidad internacional aparecen protestas de maestros, colectivos de búsqueda, familiares de desaparecidos, campesinos, transportistas y otros grupos sociales, la primera pregunta no debería ser quién los manipula. La primera pregunta debería ser por qué tantos sectores distintos sienten la necesidad de manifestarse.

Resulta difícil de creer que organizaciones con agendas, demandas e historias tan diferentes, hayan despertado una mañana para sumarse a una gran conspiración internacional de sabotaje. La realidad es menos cinematográfica, pero más incómoda.

Quizá los maestros protestan porque tienen reclamos pendientes. Quizá las madres buscadoras porque siguen buscando. Quizá los familiares de víctimas porque siguen esperando respuestas. Quizá los transportistas porque enfrentan problemas reales. La explicación más sencilla puede ser la correcta.

Sin embargo, el discurso de complot tiene una ventaja política indiscutible: transforma las críticas en ataques y las inconformidades en evidencia de una conspiración.

Es un mecanismo antiguo. Si alguien protesta, no expresa necesariamente un problema; confirma la existencia del enemigo.

El gran inconveniente es que la gobernabilidad no mejora, identificando adversarios imaginarios o magnificando los reales. Mejora resolviendo conflictos.

Los gobiernos fuertes suelen detectar las inconformidades antes de que lleguen a las calles. Los gobiernos inestables suelen explicar las protestas mediante teorías políticas.

Tal vez la Presidenta tenga razón y exista una estrategia coordinada para erosionar a su administración. 

En política nada debe descartarse. Pero también es posible que la explicación sea mucho más simple y, por ello, más preocupante.

Que las protestas no sean el resultado de una conspiración.

Que sean el resultado de un descontento acumulado.

Y si ese fuera el caso, el problema no estaría en la ultraderecha, ni en la derecha internacional, ni en oscuros operadores externos.

Estaría más cerca de lo que nos imaginamos, de Palacio Nacional.

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