
Cuando Olga Romero deje la dirigencia de Morena Puebla —si finalmente decide hacerlo— habrá que organizarle un informe de despedida. Con tiempo, micrófono y una condición que podría complicar la ceremonia: hablar de resultados.
Las fotografías pueden proyectarse mientras encuentran los datos.
Porque la pregunta merece algo más que un aplauso de cortesía: ¿qué partido entregará Olga? ¿Qué estructura fortaleció? ¿Qué conflictos resolvió? ¿Qué liderazgos formó? ¿Qué deja funcionando que no dependa de su presencia, del gobernador o de una instrucción llegada desde México?
Un informe de gestión debería permitir responderlo, sin recurrir al álbum de Facebook.
El capítulo de comunicación promete. Mientras el presidente del Consejo Estatal habla de renuncias y de cubrir vacantes, el partido difundió un comunicado negando renuncias y relevos formales. Para una organización que presume unidad, ponerse de acuerdo sobre quién sigue trabajando ahí sería un comienzo razonable.
Después vendría el apartado de organización. Ahí convendría presentar responsables, cobertura territorial, tareas cumplidas y pendientes. Las sillas ocupadas durante una conferencia podrían contabilizarse por separado: todavía falta demostrar que equivalen a estructura.
Y finalmente llegaría la parte delicada: distinguir la agenda del partido de la agenda de su presidenta.
El litigio por la herencia de Socorro Romero forma parte del escrutinio público alrededor de Olga. Su existencia está recogida en la cobertura política sobre su dirigencia.
Dicho sin lenguaje de informe: la militancia tiene derecho a saber cuánto avanzó su partido mientras su presidenta atendía también sus propios pleitos.
La herencia, por cierto, no debería aparecer entre los logros del Comité.
¿Quién la extrañará cuando se vaya? La respuesta tendría que encontrarse entre quienes recibieron acompañamiento, formación y soluciones. Si hay trabajo, habrá personas capaces de explicarlo. Una despedida política se sostiene mejor con resultados que con mensajes redactados para agradecer “su incansable compromiso”.
Lo incansable también necesita comprobantes.
Y luego está Tehuacán. Si Olga pretende buscar una candidatura, sería saludable que primero presentara el balance del encargo que todavía ocupa. Pedir una responsabilidad mayor exige explicar qué hizo con la anterior. La experiencia se demuestra; acumular nombramientos únicamente acredita que alguien ha sabido conseguirlos.
Además, una aspirante involucrada en un litigio patrimonial debería explicar cómo impediría que ese conflicto interfiera con sus decisiones públicas. No hay base para afirmar que busca el cargo para presionar instituciones. Precisamente por eso corresponde exigir compromisos verificables de imparcialidad, en vez de conformarse con otra fotografía sonriente.
Olga tiene una oportunidad antes de marcharse: entregar cuentas suficientemente claras para que su paso por Morena pueda discutirse por sus resultados.
Sería una buena despedida.
Y, sobre todo, un excelente requisito de admisión para quien ya esté pensando en pedir el siguiente cargo. O como dijera el clásico, al menos así me lo parece.
Los consentidos del Verde. A expensas de abundar más adelante en el tema, es necesario señalar que el Partido Verde es el consentido de la presidenta Claudia Sheinbaum y a quien la mandataria busca apuntalar ya desde esta elección que se aproxima para fortalecerlo e irlo preparando para el 2030.
El Verde es un partido que, al igual que el PAN, conecta con las clases medias y que sirve para afiliar a los “fifis” de México y hacerlos candidatos.
Desde hace tiempo lo señalé, que a nadie le extrañe que en 2030, El Verde y MC vayan en alianza llevando como candidato a Omar García Harfuch, si es que las cosas se ponen duras en Morena.
Lo dicho por el senador Manuel Velasco “el güero” acerca de que Harfuch es el Pedro Infante de la política, es algo más que un guiño político hacia el secretario de seguridad federal. Al tiempo.
riva_leo@hotmail.com