Por Manuel CARMONA
En política existe un error imperdonable: leer las encuestas sin leer la historia.
Mientras algunos aspirantes siguen contando asistentes en sus eventos y presumiendo fotografías, el país parece estar escribiendo otro capítulo. Uno donde el género dejó de ser un dato secundario para convertirse en un elemento central de la construcción del poder.
Basta mirar alrededor.
México tiene por primera vez una mujer en la Presidencia de la República. El partido gobernante es encabezado por una mujer. Cada vez más gobiernos estatales y municipales son dirigidos por mujeres. No es una casualidad ni una moda pasajera. Es una transformación política que lleva años construyéndose.
Sin embargo, hay quienes siguen haciendo política como si el calendario marcara 2018.
Ese desfase suele pagarse caro.
La política no premia únicamente al más popular; premia a quien interpreta mejor el momento histórico. Y el momento actual parece enviar una señal difícil de ignorar: el liderazgo femenino ocupa un lugar cada vez más relevante en la vida pública.
Por eso resulta llamativo que, en algunos procesos locales, buena parte de la conversación siga concentrándose en los aspirantes masculinos. No porque carezcan de méritos, sino porque quizá están librando una batalla que ya cambió de terreno.
Las candidaturas no se deciden solamente por el número de espectaculares, por las encuestas de ocasión o por la intensidad de las giras. También responden al contexto político, a las prioridades estratégicas y a la narrativa que un partido desea proyectar hacia el electorado.
En ese escenario, conviene observar con atención el papel que desempeñan perfiles femeninos con trayectoria política, administrativa, legislativa, científica, empresarial o social. Más que un asunto de nombres, es un reflejo del tiempo político que vive el país.
Hay políticos que siguen preguntándose quién va arriba en las preferencias.
Quizá la pregunta correcta sea otra.
¿Quién entendió primero hacia dónde sopla el viento?
Porque la política tiene una costumbre implacable: no espera a quienes llegan tarde a comprender la época.
Y, a juzgar por las señales que hoy ofrece el escenario nacional, el reloj político parece marcar una hora distinta a la que algunos todavía insisten en mirar.
Siéntense señores!!! Es tiempo de mujeres.