Insectos, fuente de proteína de origen animal y una tradición alimentaria heredada de los pueblos originarios.
Puebla se encuentra entre los 10 estados agrícolas más importantes del país, tanto por la superficie y volumen de producción, como por la diversidad de los productos que genera, destacó Luis Andrés Cabrera Mauleón, profesor investigador de la Facultad de Ingeniería en Agronomía de la UPAEP, al abordar las oportunidades alimentarias para la población mexicana.
El investigador subrayó que la ubicación geográfica de Puebla y su diversidad de climas, altitudes y ecosistemas permiten que el estado produzca una amplia variedad de alimentos. “Puebla tiene prácticamente todos los climas y todas las regiones”, lo que favorece una producción diferenciada de acuerdo con cada zona.
Entre los principales productos agrícolas del estado están el maíz, café, frijol, naranja, cebada, caña de azúcar y alfalfa. El maíz para grano ocupa alrededor de 500 mil hectáreas, casi la mitad de la superficie agrícola estatal, principalmente bajo condiciones de temporal y con predominio de variedades criollas.
Puebla también sobresale por su producción de café, particularmente en la Sierra Norte y Sierra Negra; de frijol, con diversas variedades como negro, bayo, vaquita y vigna; así como de naranja, con alrededor de 31 mil hectáreas, además del crecimiento de la superficie destinada al limón persa, producto que tiene potencial de exportación.
En materia hortícola, la zona de Acatzingo, Tepeaca, Palmarito, Palmar de Bravo y Quecholac constituye una de las regiones más importantes del estado. Su producción abastece al mercado poblano, se distribuye hacia centrales de abasto de la Ciudad de México y también llega a mercados internacionales. Entre los productos que se comercializan se encuentran cilantro, calabacita, verdolagas y otras hortalizas.
Cabrera Mauleón destacó que la riqueza alimentaria de Puebla va mucho más allá de los cultivos tradicionales. Una investigación realizada en comunidades del estado permitió identificar 259 especies con potencial alimentario, muchas de ellas aprovechadas todavía de manera local por comunidades rurales, pero que podrían convertirse en nuevas cadenas productivas.
Entre estas alternativas se encuentran frutos como el guagualote y cuajilote, raíces y tubérculos como el chayote, flores comestibles como la de izote, además de insectos como chapulines, escamoles y gusanos de maguey. El investigador señaló que los insectos representan una fuente de proteína de origen animal y forman parte de una tradición alimentaria heredada de los pueblos originarios.
Para el investigador, el reto consiste en identificar, estudiar y desarrollar comercialmente estos recursos sin poner en riesgo los ecosistemas, aprovechando el conocimiento tradicional de las comunidades. “Hay que atender, experimentar, observar lo que la naturaleza ya nos dio, imitar a la naturaleza para el cultivo de estas nuevas especies y convertirlas en algún momento en cadenas productivas”, señaló.
Cabrera Mauleón consideró que las nuevas generaciones de agrónomos, biólogos, veterinarios y otros profesionales vinculados al campo tienen una oportunidad para investigar estas especies, determinar sus propiedades nutricionales y nutracéuticas y desarrollar sistemas de producción sustentables.
La diversidad agrícola de Puebla representa así una oportunidad no sólo para fortalecer la seguridad alimentaria, sino también para generar ingresos, empleos y nuevas alternativas económicas para las comunidades rurales, al tiempo que se preservan conocimientos y tradiciones alimentarias que forman parte del patrimonio cultural del estado.
