
Para cerrar la semana en Las Serpientes, tenemos que decir que lo de Coahuila no debe leerse como el gran resurgimiento de la oposición.
Sería una lectura cómoda, pero equivocada.
El PRI no inventó nada nuevo. No recuperó una tierra perdida. No descubrió una fórmula mágica contra Morena. Simplemente refrendó lo que históricamente ha tenido en Coahuila: estructura, territorio, disciplina, gobierno y una maquinaria que, hasta hoy, no permite la entrada real de otros colores.
Coahuila solo refrendó lo que todo mundo sabía, que iba a ganar el PRI.
Lo que sí debe preocupar a Morena es otra cosa: el efecto de poner a malos operadores a coordinar elecciones pensando que el apellido, el cargo o la marca nacional bastan para ganar.
Ahí aparece Andy López Beltrán.
Llegó a Coahuila como también llegó a Durango en el 2024 con la soberbia de quien creyó que el peso de su padre, el volumen del partido en el poder y la inercia nacional de Morena serían suficientes para lograr una hazaña. Pero la hazaña, en realidad, habría sido ganar, aunque fuera una diputación de mayoría.
Y ni eso.
Antes del golpe, mejor la retirada. Andy se hizo a un lado y buscó el cobijo político de la tierra de su padre. El resultado fue demoledor: Morena no solo perdió; quedó exhibido como un partido incapaz de romper un bastión cuando no tiene operación fina, cuadros locales sólidos ni lectura real del territorio.
Y ahí es donde Coahuila deja de ser Coahuila y pudiera lanzarle a una advertencia para Puebla.
En 2027, Puebla tendrá una elección clave. El gobernador Alejandro Armenta camina para posicionar su gobierno, su proyecto y su marca personal rumbo a una elección donde Morena buscará arrasar. El gobernador entiende que no basta con tener partido: hay que tener narrativa, obra, territorio, estructura y conducción política.
Mientras Armenta avanza, la dirigente estatal de Morena se ve cada vez más pequeña.
La presidenta del partido presume el carro completo de 2024 como si hubiera sido obra de su estrategia. Pero seamos serios: en 2024 Morena ganó por la fuerza nacional de la marca, por la elección presidencial, por Armenta y por la ola política del momento.
No por la brillantez de la dirigente estatal.
Si ese proceso hubiera dependido exclusivamente de la operación local del partido, hasta Nueva Alianza habría salido con más orden, más oficio y más claridad que Morena en Puebla.
Ese es el riesgo rumbo a 2027.
Porque una cosa es ganar montado en una ola nacional y otra muy distinta es construir una elección intermedia, municipal y territorial, donde los candidatos pesan, los agravios cuentan, los grupos se mueven y la mala operación se paga.
Coahuila acaba de demostrarlo.
Morena no puede confiarse en Puebla pensando que la marca resolverá todo. Mucho menos si la conducción partidista queda en manos de perfiles sin peso territorial, sin lectura estratégica y sin capacidad para ordenar a los grupos internos.
La actual dirigente estatal enciende las alarmas en el CEN.
No transmite fuerza. No transmite claridad. No transmite operación. Y, peor aún, arrastra costos propios.
Olga Romero Garci-Crespo no solo enfrenta desgaste político por su bajo posicionamiento en Tehuacán. También carga con el conflicto hereditario vinculado a Socorro Romero Sánchez, un asunto que ha terminado por contaminar su imagen pública.
En Tehuacán, su situación es todavía más complicada.
Ahí la conocen. Ahí la han visto. Ahí saben lo que hizo y lo que no hizo desde el Congreso del Estado. Ahí su presencia no suma como ella cree. Al contrario: puede convertirse en un costo para la marca Morena.
Y eso deberían leerlo a tiempo.
Si Morena quiere competir con seriedad en 2027, debe separar dos cosas: el proyecto del gobernador y la inoperancia del partido. Armenta puede tener ruta, narrativa y fuerza institucional, pero si el partido se convierte en un lastre, la elección puede llenarse de tropiezos innecesarios.
Coahuila dejó una lección muy clara: los bastiones no se rompen con apellidos, discursos ni soberbia. Se rompen con operación, estrategia y territorio.
En Puebla, la pregunta es si Morena ya entendió el mensaje.
Porque si el CEN permite que la dirigencia estatal llegue debilitada, desgastada y sin mando real al proceso de 2027, el problema no será la oposición.
El problema estará adentro.
Morena Puebla necesita operadores, no figuras decorativas.
Necesita estrategia, no presunción.
Necesita territorio, no simulación.
Y necesita entender que las elecciones no se ganan solas.
Coahuila acaba de poner el espejo.
La pregunta es si en Puebla lo van a mirar a tiempo o si esperarán hasta 2027 para descubrir, demasiado tarde, que una mala dirigencia también puede perder elecciones.
riva_leo@hotmail.com
